Huevo: objetivo o indicador

¿Qué fue antes, el objetivo o el indicador?

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Vivimos en una época en la que disponemos de tanta información a nuestro alcance y ésta fluye a tal velocidad que parece que todo debe presentarse de forma numérica para que podamos procesarlo adecuadamente, sin tener en cuenta que lo más importante es el por qué o el para qué.

Cuando desayunamos, todos los envases presentan la información nutricional indicando cuantas calorías, hidratos de carbono o grasas tiene el alimento, incluso aparece un código de colores que nos hace sentir culpables cuando tras comer nuestras magdalenas favoritas vemos que tienen un montón de rojos. Cuando nos ponemos al volante de nuestro coche para ir al trabajo tenemos a nuestra disposición el ordenador de a bordo con la velocidad media, los litros de carburante gastados o la presión de los neumáticos. Al llegar a la oficina se nos presentan los datos de la actividad diaria, semanal o mensual. Nuestros hijos llegan del colegio con las notas: 7,15 en Filosofía ¿Cómo es posible? Y si fuera en Matemáticas… Al volver del trabajo salimos a correr y vemos en nuestro reloj las calorías gastadas, los kilómetros que hemos hecho y el tiempo invertido. Vemos la televisión y nos hablan de cuotas de pantalla, millones de espectadores o número de premios. Pero ¿Dónde están los objetivos? ¿Qué queríamos lograr?

Tanto en nuestra vida diaria como en nuestra vida profesional debemos pensar primero en los objetivos y posteriormente en los indicadores que van a concretar el objetivo definido y que nos van a permitir valorar si cumplimos o no cumplimos lo previsto. Todo aquel objetivo que no puede ser medido (que no va a acompañado de al menos un indicador) se convierte en un “subjetivo” y aquellos indicadores que no van unidos a un objetivo se convierten en meros datos estadísticos. Una vez definidos el objetivo y el indicador deberemos plantear la meta a alcanzar y finalmente fijaremos las acciones encaminadas a hacer realidad el objetivo marcado. De esta manera Objetivo-Indicador-Meta constituyen un trinomio indisoluble.

Un objetivo debe enunciarse como una frase completa que comience por un verbo de acción en infinitivo: reducir el nº de calorías ingeridas, optimizar el consumo de gasolina, mejorar nuestra marca de la media maratón… Tomando como ejemplo este último, si nuestro objetivo es mejorar la marca de la media maratón, utilizaremos el tiempo invertido en la prueba como indicador y nos fijaremos una meta realista que rebaje nuestro mejor tiempo. Una vez definido el objetivo (con su indicador y meta), plantearemos las acciones, que en este caso pueden ser: entrenar cuatro días a la semana, comprar zapatillas nuevas o tomar suplementos vitamínicos. Debemos ajustarnos a la secuencia objetivos primero, indicadores y metas después, ya que de lo contrario corremos el riesgo de salir a comprar las zapatillas más caras del mercado o a entrenar como locos sin tener claro qué queremos conseguir, cuál es nuestro objetivo.

Traslademos esta secuencia a nuestra vida profesional y estaremos un poco más cerca de lograr mejores resultados.

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